¿Sabías que la apariencia externa de un vino nos aporta información sobre su edad, crianza, graduación alcohólica, acidez…? La vista es el primer sentido que interviene en la cata de un vino (después vendrán nariz y boca). Te contamos en qué debes fijarte.

Primero miramos la limpidez y brillo poniendo la copa delante de una fuente de luz o sobre un fondo blanco. Se entiende limpidez como ausencia de enturbamiento. Un vino recién elaborado (‘en rama’) es turbio, tiene sustancias en suspensión (tejidos de uva, microorganismos…). La limpidez y luminosidad serán puntos positivos, por eso el elaborador recurre a procesos como la clarificación o el filtrado. Un vino turbio sin razón aparente echa para atrás. Pero tened en cuenta que hay elaboradores que optan por no clarificar ni filtrar (a veces, aparece indicado en la etiqueta del vino); entonces el vino presentará cierta turbidez, incluso sedimentos o posos. Esos posos no indican deterioro ni afectan a la calidad, en la mayoría de los cosos son restos de materia colorante que el vino pierde con el tiempo o sales (cristales); para eliminarlos, simplemente proceder a la decantación.

Pasamos a observar el color del vino -importante no llenar la copa más de un cuarto o un tercio de su capacidad-. La variedad de uva utilizada y el modo de elaboración influyen en el color. Además, el color nos transmite información sobre la edad del vino, el tiempo que ha pasado desde su elaboración. Los blancos, cuanto más jóvenes, más claros y más vida tendrán por delante; un color dorado será síntoma de oxidación. Al contrario, los tintos y los rosados presentan en su juventud una mayor concentración de color, aclarándose con el tiempo. Así, un tinto, cuanto más oscuro, más joven. Un tinto de color pardo, amarillento, marrón… ¡Estará decrépito!

Para ver la cantidad de color o intensidad en un tinto hay un concepto importante que llamamos capa. Para valorar la capa de un vino, aquí va un truco: inclinamos la copa, y ponemos la otra mano al otro lado; si no nos vemos los dedos a través de la copa, hablamos de capa alta, y ¿qué quiere decir? Una capa alta nos da pistas sobre la elaboración (larga maceración con los hollejos) y nos habla de un vino con muchos taninos y buena estructura (lo confirmaremos después en boca), con soporte para la guarda.

El color de un vino también nos deja entrever su crianza. Observemos el ribete. Para apreciarlo inclinamos un poco la copa. El ribete es la zona del vino que toca el cristal de la copa. En un tinto joven, el ribete da tonalidades moradas, y hay que consumirlo así. Cuando un tinto tiene crianza en barrica, da ribetes de color teja.

Más información que aporta la apariencia externa de un vino: su graduación alcohólica. Éste es el truco: agitamos la copa, las gotas que se adhieren y deslizan por las paredes de la copa reciben el nombre de lágrimas. Si las lágrimas caen lentamente, estamos ante un vino con alta graduación alcohólica; es decir, cuanto más untuoso, mayor graduación. Por último, el brillo y la viveza denotan acidez, frescura.